Tras una hora de reunión con tres abogados, para la cual fui con lentes y me dejé crecer la barba durante una semana para parecer más viejo y no un simple postulante, se llegó a un acuerdo sobre la materia principal que nos reunía en torno a la mesa del Centro de Mediación. Para que me tomaran en serio dije algunas frases jurídicas que nunca fallan, como “…pero tengamos en cuenta que nunca la indemnización es fuente de lucro…” o “… bien sabemos que nadie está obligado a lo imposible..”, a lo cual los abogados sonreían asintiendo y seguían en la discusión. Tras llegar a un acuerdo, salieron a la mesa diversas anécdotas jurídicas donde experiencias en exámenes, audiencias o clientes iban y venían. Yo, para no quedarme atrás, conté la historia de mi tía Oriana, quien desempeñando su cargo de receptora judicial, llegó a una casa a notificar una demanda de divorcio y para su sorpresa estaban ambos cónyuges tomándose un pisco sour en la terraza de la casa. “Es que me enojé porque no me hablaste la semana pasada y te demandé”, fue la excusa de la ya claramente desistida demandante.
En este protocolar y jurídico ambiente pedí permiso para ir al computador a redactar el acuerdo el cual posteriormente sería revisado por los abogados. Salí lentamente sin mostrar nerviosismo, pero la verdad es que desde que salí de la reunión mis manos tiritaban, tal como me tiritaban al tomar agua durante mi examen de grado (digamos que había razones de peso para tomar en ese momento agua y no me arrepiento). Debía escribir un acuerdo que tres abogados (uno de 35 años y dos de 40) debían leer y aprobar. Con manos sudosas redacté un acuerdo donde nuevamente apliqué numerosas palabras jurídicas, “adjudicar”, “reserva de acciones”, “no obstante los derechos de la víctima”, en fin. Para mi tranquilidad sólo hicieron un par de observaciones y agregaron una cláusula la cual encontré bastante ingeniosa, de hecho, prometí no olvidarla para ocuparla algún día, pero al igual que los chistes, se me olvidó.
Al momento de la firma, todos leían la versión final y una asistente social presente en la sala hizo una reseña acerca del gusto de los abogados por firmar papeles. Justo en ese momento supe que frase debía decir y comenté “para los demás es gusto por firmar papeles, nosotros preferimos llamarle ´certeza jurídica”. En ese preciso instante logré el nirvana jurídico, los tres abogados rieron mirándose confirmando mi acertado y oportuno comentario. “Si no está escrito no existe” dijo un abogado, otro (el más joven) fue más abstracto comentando “las palabras se las lleva el viento” y todos movían la cabeza contestemente.
Terminada la reunión y luego de apretar fuertemente la mano en la despedida mirando a los ojos de los abogados –tal como mi padre me lo recomendó tiempo atrás- me quedé pensando en la certeza jurídica. Uno crece sobre la base de la confianza en los demás y supuestamente al llegar a derecho, es lo mismo: el consentimiento, la unión de voluntades, la oferta y la aceptación, la autonomía de la voluntad, etc. Finalmente, la buena fe que debe revestir toda celebración de cualquier acto jurídico no vale nada si no está en el papel. Es más y perdonen el lenguaje, pero si no dejaste algo claramente estipulado en un papel, eres huevón. No sólo basta la firma en papel, sino que además debe ser ante ministro de fe, quien sentado en su escritorio mirando el horizonte, cobra más por su firma que cualquier estrella de la farándula. Recién ahí, cuando el papel se ha llenado de timbres, firmas, DOY FE y tantos otros términos, en ese instante, logramos la certeza jurídica. Hay certeza jurídica no cuando hay confianza, sino que cuando logramos un estado de no desconfianza, lo cual en palabras chilenas sería algo como es imposible que este loco me haga huevón. Certeza jurídica es que no te pasen gato por liebre, que no te cuenten el cuento del tío, etc.
Esto lo contrasto con la siguiente experiencia: en enero del año 2007 llegué a Washington DC para una pasantía. Lo primero fue buscar un lugar donde quedarme por seis meses. Visité algunas piezas, departamentos, casas y nada me convencía hasta que conocí a Tania, una afro americana corredora de propiedades que arrendaba dormitorios. La pieza era bastante cómoda, el precio no, pero me daba seguridad. Le comenté que me interesaba la pieza pero que debía esperar un par de días a que mis padres me depositaran. Cuatro días después, aún no me depositaban por lo que llamé a Tania para pedirle disculpas y que si aparecía alguien interesado en la pieza yo entendería que lo prefiriera. Para mi sorpresa, ella reaccionó con voz bastante rara, dándome a entender que yo le dije que estaba interesado y que con eso a ella le bastaba. La verdad es que mis padres se demoraron una semana en depositar y Tania aún me tenía la pieza y me descontó los días que no estuve en la casa.
La historia da para más. Al leer el contrato de arrendamiento hubo un par de cláusulas que no me parecieron. Me llené de explicaciones estilo “Tania, entenderás que estudio derecho y debo leer todo lo que firmo y hay un par de cláusulas que no me parecen”. Su reacción fue tomar un lápiz bic azul y tachar las cláusulas discordantes y redactar a un costado las correcciones. Y listo, contrato firmado y válido. No existen notarios (en verdad hay, pero se utilizan poco y es gratis) ni trámites ni timbres. La palabra es lo que vale y hay plena certeza jurídica.
Entiendo que la cultura es otra y que siempre está la pillería del chileno, sea acá en Santiago o como lanza en Barcelona, pero no me gusta la idea de una sociedad que crece en la desconfianza, donde todo debe ir rodeado de cauciones, garantías, hipotecas, cláusulas de no enajenación, prohibiciones de celebración de contrato y cualquier estipulación para salvaguardarse ante cualquier eventualidad. Siempre he crecido creyendo en las personas y en la buena fe de estas pero finalmente, como dice el señor dólar, in god we trust.
Yo seguiré confiando en que esto puede cambiar.
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Escribo este artículo después de meses de no atreverme, no por poca valentía ni por timidez, sino que recién hoy puedo levantar cabeza poc a poco y volver a respirar. Gracias a todos quienes entienden estas palabras.